viernes, 25 de diciembre de 2020

Caza Tesoros

 





  Salí como cada año en abril, aprovechando la llegada del buen tiempo. Nuestro equipo arqueológico viajaba a un exótico país del Magreb profundo, donde se suponía que había unas ruinas semienterradas, datadas en el siglo XV. Los estudios nos habían llevado a creer, que se trataba de la tumba de un monarca de la época, nuestro delirio de exploradores nos llevó a pensar, que el rey habría sido enterrado con grandes tesoros.

 

  Nuestra residencia durante las excavaciones,  estaba situada en un pueblecito llamado Adbudd Wazerit, a unos quince kilómetros del yacimiento. La pensión llamada Narut era el único alojamiento que había en aquel lugar, ni la describiré, sólo para hacer nuestras necesidades teníamos que salir a la calle, pues las letrinas estaban a unos diez metros del recinto, creo que con eso lo digo todo.

 

    Aunque diré que ya estábamos curados de espanto; en sitios peores nos habíamos alojado durante nuestros viajes, así que aquella noche nada me impidió dormir como un lirón.

 

  Mi gran sorpresa se presentó al día siguiente mientras desayunábamos, ante mis ojos apareció una mujer para servir nuestra mesa, que mi hizo pensar si lo que veía era un espejismo o era una realidad. No podía entender qué hacía una princesa árabe de tez acaramelada, largo cabello color azabache y ojos impregnados del color verde de los más bellos océanos, en aquel lugar tan apartado del mundo.

 

  Me costó dejar mi asiento para partir hacia el yacimiento, mis compañeros casi me tienen que arrastrar con la silla para salir del local, la princesa se había clavado como una cerbatana en mi corazón.  Quedé sonrojado mientras mis colegas se reían de mí, no me quedo más remedio que callar y aguantar las carcajadas.

 

  Estando en la excavación, no paraba de pensar en esa dama mientras mis camaradas trabajaban, tanto se había embutido en mi piel aquella fémina, que hice una de las mayores locuras que había hecho nunca. Abrí una lata de piña, su liquido lo vertí en un yogurt de arándanos, bebí un buen sorbo y lo retuve en mi boca, anduve un poco hasta ponerme a la altura de dos compañeros, entonces me apoyé en una pared de las ruinas y expulsé el líquido, que salió espumoso y color rojo sangre, éste me chorreó la camisa cayendo al suelo como si de un vómito se tratase. No pensé que aquello asustaría tanto a mis compañeros, que rápidamente se pusieron en alerta para llevarme de urgencias; tuve que convencerlos de que algo me había sentado mal, que no era nada grave, que sólo tenía que volver a la pensión para descansar. Ellos cedieron a regañadientes, pensaban que era algo más grave; ¡qué imbécil fui!, casi meto la pata y me llevan al único hospital que había en la región, que se encontraba a unos ciento cincuenta kilómetros.

 

  ¡Qué alegría cuando me deshice de ellos y regresé a la aldea! Quería buscar mi lámpara maravillosa, que era el tesoro más grande que jamás había descubierto, cuando llegué a la pensión, me quité la ropa manchada y me puse el bañador para salir a las duchas que estaban junto a las letrinas; sólo había dos duchas, una frente a la otra, la que me tocó no tenía puerta y en la otra había alguien duchándose. Yo quedé mirando para los tablones del pequeño habitáculo, me quité el bañador y abrí la ducha, mientras me enjabonaba escuche el chirriar de la puerta de la ducha que tenía enfrente, involuntariamente me giré y vi a la princesa Árabe duchándose vuelta de espaldas, por lo que no se percató de mi presencia; yo sin querer pero sin poder evitarlo, quedé observándola.

 

  Sus morenos hombros, parecían los arcos del triunfo erigidos por el propio César; su cuello estaba tan torneado como las bellas columnas de Trajano; su cabello tenía el reflejo lustrado de la luz de la hermosa luna; la espalda era el resplandor de las cataratas de Iguazú; sus dos prominentes nalgas, eran la misma entrada a la ciudad de Petra; y lo último que quedaba a mi vista eran sus interminables piernas, tan esculturales y esbeltas que parecían las dos columnas coronadas del templo de Zeus.

 

   Pasaron varios minutos, creyendo que era yo el que observaba y el observado era yo; ella con sus poderes de diosa lo había notado, permitiéndome disfrutar de su exuberante cuerpo, gozaba dejándose ver desnuda, lentamente se fue dando la vuelta mientras seguía enjabonando su cuerpo cobrizo como el nogal; ni se sorprendió ni tan siquiera se ruborizo al estar frente a mi mirándome directamente a los ojos, yo agaché la cabeza no creía poder sostener aquella mirada, incluso tapé mi pene con las manos. Pero mi deseo era tal, que mis ojos parecían transformarse en acero y su mirada era un imán.

 

  ¡Levante la vista y míreme! Sólo soy una mujer desnuda. No se avergüence, la desnudez nos da la claridad de hablar con toda sinceridad, de la cual en otras situaciones no disponemos. Pero dígame una cosa. ¿Es casualidad o buscaba usted este encuentro?

 

  Quedé atónito, y antes de poder  articular palabra, no pude más que soñar con las partes de su cuerpo que iba recorriendo con la vista, mientras subía mi mirada para encontrarme con sus ojos…

 

  Sus pies eran aletas de sirenas doradas de oriente; no puedo negar que, aunque ruborizado, mi pene dio un respingo al descubrir la mariposa de jade que tenía entre sus piernas, alas de color azul y cuerpo diseccionado deseando ser abierto, para en los impulsos ser topada en su perla nacarada; con ella arrancaría los placeres más profundos de todo aquel falo que al profanarla, seria decapitado al son de la más bella melodía arrancada del mismo paraíso.

 

  Seguía degustando su cuerpo con mi vista, mente, entrañas y corazón; yo no dudaría en hundirme una y otra vez en su sexo para ahogarme y resucitar en el nirvana de los sentidos más desconocidos; dos palmos más arriba pausé mi mirada al atisbar aquellos silos de aprovisionamiento, donde el bebé calma su llanto al saciar su sed y el hombre muere derrumbado de puro placer.

 

  Ya en su alucinante cara, miré sus labios aterciopelados como el algodón Libanés; nariz imposible de reproducir y mucho menos de describir dada su perfección; cejas que aparentaban la profundidad del universo de los universos;  y cuando por fin mis ojos encontraron los suyos, mi pobre mástil había izado la bandera hasta lo más alto, en un acto de pudor lo tapé con mis manos… toso, carraspeo y contesto torpemente:

 

― Sí, he buscado este encuentro, mintiendo a mis compañeros y jugándome hasta mi credibilidad como caballero. Desde esta mañana, no he podido apartaros de mi mente ni parar la maratón que mi corazón está corriendo… y por mi indecorosa erección, os quiero pedir perdón mi señora.

 

― Te tutearé por lo que conlleva nuestra desnudez, así que te diré que mirar con deseo no es tan cruel y parar tu corazón cuando galopa de deseo, sería una idiotez; mucho menos avergonzarte por tu erección que es algo tan natural como beber agua para calmar tu sed. Por eso te pido que te metas en esta ducha junto a mí y dejes a tu caballo trotar o galopar, lo que tu más desees.

  Tenía tal persuasión y hablar como hablaba con el corazón, hizo que acercase mi cuerpo al suyo,  y rodeándome el cuello con sus manos besó mi boca haciendo que nuestros cuerpos se fundiesen en unos sólo, como velas derretidas por el calor. Derrumbada la duna que creía me separaba de ella, me arrodillé ante su majestuosa mariposa azul, posé mi lengua en su perla dándole con tanto brío, que me recordaba el martilleo del timbre de mi bicicleta. El agua se deslizaba por nuestros cuerpos tratando inútilmente de enfriarlos, sus gemidos entrecortados y ahogados por el agua que recorría su boca, me hacían acelerar mi lengua a la máxima revolución; se corría una y otra vez mientras por la comisura de mis labios se derramaba su dulce miel.

 

  Tan excitada estaba, que cogiendo mis cabellos  me hundió en los labios de su abrevadero, me faltaba la respiración, pero estaba dispuesto hasta morir entre las aguas de su manantial. Ella al sentirse tan plácida, abrió hasta lo indecible sus piernas, dándome la oportunidad de coger aire para poder seguir recorriendo con mi lengua, toda la trayectoria que había entre su cueva de Alí Babá y el dintel de su mariposa azul; jamás hubiera pensado que comer y deslenguarme sobre su concha, podía proporcionarme tanto placer.

 

  Saciada la entrada del pórtico de su gloria, arrebató mi boca y la besó hasta impregnarse de su sabor, luego me agachó dándome de mamar  de sus amapolas de Britania. Y de repente llegó el momento mágico, cuando ella supo que lo necesitaba, me ofreció sus posaderas apoyándose en las baranda de la ducha; en ese momento cogió con firmeza mi blasón y de una certera estocada lo introdujo dentro de sus entrañas, a partir de ahí me dejo hacer, sin comedimiento empecé a darle mandobles con mi sable por todos los lados, no pude contener ni el ritmo,  ni la dimensión, ni mucho menos la fuerza.

 

  ¿Quién sabía lo que estábamos haciendo?, unos dirían el amor, otros fornicando, yo quiero nombrarlo con rotundidad, estábamos follando sin asueto, sin mimos, sin decoro; gozar sin pensar, disfrutar sin meditar, apretar sin complejos. Después de varios espasmos vaginales y más de un subidón de lágrimas blancas hasta la punta de mi miembro; cuando por fin llegó el gran momento… descargas eléctricas, convulsiones, respingos, golpes internos, estallidos corporales y al final nuestros cuerpos caídos en el suelo de la ducha entrelazados como una sola madeja.

 

  Todo duró hasta que volvieron mis compañeros, por supuesto sin ningún tesoro. El único tesoro lo había descubierto yo, nadando entres sus joyas  y apasionado dentro de su cofre; a través de los siglos se han descubierto muchos misteriosos yacimientos, llenos de tesoros a los cuales han bautizado con un nombre… el tesoro que yo descubrí  entre el sol y las dunas lo llamé Aanisa.

 

 

Alejandro Maginot. 

 

 

miércoles, 22 de julio de 2020

El Sur







  Sabias cuanto disfrutaba de los veranos del sur, por eso era el regalo que siempre me hacías, ni norte, este u oeste, el sur estaba siempre presente en tu mente.

  Pueblos de fachadas tan blancas que casi los ojos te cegaban, donde la sombra de tu silueta en cada pared se dibujaba, mientras yo amartillaba las ganas de poseerte en cada calle, escalón o plaza.

  Roja se ponía tu piel, que en unos días morena se tornaba, yo vibraba con los cortes de color, que cuando te desnudabas… el bikini había provocado en tus carnes, tersas como la llanura de la sabana.

  Paseos interminables por la playa, orgullo de ver como tus senos desnudos la gente hipnotizada miraba, besos afrodisiacos con sabor a sal, yo los degustaba con la misma intensidad que, disfrutaba al lamer tu perla con sabor a mar.

  Me arrastrabas tras tu olor, como las perras atraen a los machos a su voluntad. Desconcierto entre el color de tus ojos y el azul del mar, haz un surco con mi cuerpo en la arena y acomódate en lo alto de mi falo, como si yo fuera un pedestal.

  Transmitir las ganas de hacer el amor, era la forma más divertida de contagiar a los demás, queríamos que entendieran… que al sur se viene a descarnarse, sin parar de follar.

  Todo tenía otro color, desde el celeste del cielo hasta el hoyo de tu ombligo tentador, abducido por tu cuerpo, enardecido por tu voz, me arrojaba a tu sexo sin miedo a que se parase mi corazón.

  Desencajados quedábamos al fornicar sin control, contorsiones inimaginables, que doblegaban nuestras articulaciones…hasta el más peligroso punto de las torsiones, por no haber calculado bien las ecuaciones.

  Pero de todos los encantos del mundo, era tu sudor lo que provocaba en mí el delirio del placer, resbalar sobre tu piel, como algo que se te escurre y con más fuerza quieres coger, era la locura máxima, donde yo clavaba mis garras sobre tu cuello, para con más fuerza poderte poseer.

  Último día de las vacaciones, a las doce abandonábamos el hotel, desde las ocho infringiendo a nuestros cuerpos  todo tipo de placer, ya como maratonianos a punto de llegar a la meta, un último esfuerzo teníamos que hacer. Fue la ducha donde te atropellé, dándote por tus tres recipientes de beber… no quería que volviéramos a casa, escasos de sed.

                                                           
                                                                     Alejandro Maginot




jueves, 7 de mayo de 2020

La erótica del confinamiento









  Desde que empezó la cuarentena nos propusimos, dejarnos llevar cada noche, por un juego de azar. Aquella tarde, después de hacer nuestro ejercicio diario para mantenernos en forma, hablamos por Skype con nuestros familiares y amigos.
 
    Ya había oscurecido, así que decidimos prepararnos una ligera cena. Mientras la degustábamos, hablábamos del juego al que jugaríamos tras ella;  después de unos minutos apostando por uno u otro juego, todo quedó sentenciado, cuando Olivia decidió que jugáramos al Póker.

   Cuando ella tomaba un derrotero, nunca iba perdida, siempre tenía una sorpresa detrás de cada decisión tomada. Preparamos el tapete verde y la baraja, me encantaba ver como Olivia barajaba las cartas, su habilidad en las manos era sublime, me deleitaba meciendo las cartas.

  Mientras repartía la primera mano, yo desde mi asiento en el sofá, veía el movimiento de sus dos tréboles, bajo la camiseta del pijama. Aunque callado estaba, sabía que ella notaba mi tremenda erección; Olivia como no se cortaba un pelo, me recriminó:

― ¿Ya estas empalmado? ¡Jolines estás todo el día, con tu As de picas en ristre!

  No sabe lo que me jodía, que me dijera esas cosas tan directamente, si no fuese porque ella me tenía siempre tan caliente… al decirme las cosas de esa manera, se me hubiera desinflado el As de picas.

― ¡Joder Olivia! ¿Qué culpa tengo yo, que me tengas tan apasionado?, es que me pones el As de bastos descomunal.

  Ella me miró sonriente, rápidamente me dijo mirándome al pijo:

― Es que lo tuyo no es normal, ¡estás siempre armado! ¡Ah! Y no digas que tienes el As de bastos inflando, más bien será el As de picas, pues no jugamos con la baraja española.

  Yo salté como un resorte clamándole:

― Aunque estemos jugando al Póker, soy un lince ibérico, no puedo evitar refrendar la baraja española.

― Bueno ya que te pones así, haremos una cosa. En la primera partida, que uno de nosotros saque un póker de ases, tomará la iniciativa para un ataque frontal. ¿Estás de acuerdo Rubén?

  ¡Guau! Aquello me encantó, sabía lo que quería decir con un ataque frontal, nos íbamos a desmadejar a lo loco. Por eso pondría todo mi énfasis por ganar la partida.

― ¡Por supuesto! Me parece una gran idea. Además podemos encargar una pizza, para picar algo.

― ¡De eso nada Rubén! Acabamos de cenar. Y ya tenemos bastante con tu “Pizza Ardente”.

  No tuve más remedio que soltar una tremenda carcajada, Olivia tiene mucha chispa. Cuando empezaba a hablar con esas filigranas, ya imaginaba lo que me podía ocurrir si no me andaba ligero, así que para que no se me adelantara le dije:

― Hoy no ando fino, el único que anda fino es mi pepino.

  Ella sonrió, pero en tono de no admitir mis chanzas, me soltó:

― Lo mío ha tenido más gracia, así que no intentes ponerte por delante mía, con tus horribles chistes.

  Yo sabía, que sólo me provocaba, para animar el cotarro. La jodía me tenía siempre en ascuas, tenía el poder de hacer que me desmelenara en un segundo.

― Bueno Olivia, reparte cartas, ya verás la paliza que te voy a pegar.

― ¡Eso ya lo veremos!

   Olivia repartió las cartas, en menos de dos minutos, ya me había ganado la primera mano con un trío, la segunda partida la ganó con doble pareja y la tercera con un full. En mi mente estaba presente, que lo próximo que sacaría, sería un póker. Lo sabía, porque ya tenía en sus manos mi As de picas, aunque fuese empalmado. Mi As de corazones siempre lo poseía, pues me tenía desde que la conocí, locamente enamorado. También había localizado mi As de tréboles, pues con ella la suerte siempre me había acompañado. Y por supuesto poseía el As de diamante, porque en sí, ella era el diamante más brillante, que ante mis ojos lucio jamás.




  La apuesta estaba ganada por su parte, aunque yo ganaba mucho más que Olivia, porque el castigo según ella, para mí sería una recompensa.

― Bueno, como yo he ganado, quedas castigado. Elijo peli y palomitas.

  Menudo chasco me llevé. Creí que tras la partida, tendríamos sexo, no me esperaba aquella decisión.  Seguro que ella me estaba viendo, la cara de polla lagrimosa, que se me había quedado.

  No quise decir nada, pues sabía que si soltaba algo, me llamaría calentón, y diría que siempre estoy pensando en lo mismo.

― ¡Vaya cara que se te ha quedado Rubén!

  Esto me lo dijo, con toda la picardía del mundo, para hacerme saltar. Pero yo, estoicamente aguantaba como un león hambriento al alcance de una bellísima gacela. Así que yo disimulando le dije:

― Bueno Olivia, dime que peli busco, mientras preparas las palomitas.

― Prepara la película, “Deseo en el confinamiento”, de la palomita no te preocupes, que ya la tengo preparada.

  Coño, no estaba entendiendo nada. Seguro que aquella noche se lo estaba pasando genial, pues ahora se me había quedado una cara de pasmarote, que para mí se queda.

― “Deseo en el confinamiento”…  ¿Qué película es esa?
Yo no la conozco, bueno mientras  busco la peli, saca las palomitas que tienes preparadas.

  Ella empezó a reír descaradamente, si hubiera sido hombre, diría que se estaba descojonando. Me miró totalmente jovial y me dedicó estas palabras:

― Estás empanado de verdad, no te enteras de lo que oyes, estás tan obsesionado con lo tuyo, que no te has parado a pensar lo que te he dicho.

  Diciendo esto, se puso de pie, caminó hacia mí. Cuando estuvo su pelvis a la altura de mi cara, deslizó suavemente el pantalón de su pijama hasta sus rodillas, dejando toda su vagina a un palmo de mi nariz.

― La película, es la que estamos viviendo a diario, el deseo de poseernos una y otra vez, sin tregua ni descanso. Y si hubieras escuchado bien, habrías entendido, que tenía mi palomita preparada, erecta y salada, para cubrir el gusto de tu paladar, así que degústala hasta que le quites toda la sal.

  Ahora sí, ¡ahora lo entendía todo! no dije ni mu. Acerqué mi lengua a su clítoris, lo cual produjo e mí un placentero escalofrió, que recorrió todo mi cuerpo, como si me hubiese atravesado un rayo.



 
  La lamí, la relamí, la chupe, le rechupe, hasta mordisquitos le di. Mientras mirando hacia arriba, veía como su alma de gusto, de su cuerpo casi se salía. Bramaba, rugía, se contorsionaba, con mis manos en sus glúteos la sostenía, pues de placer pensé que se me caía.

  Desalé su palomita, tornándola en cereza, regusto de sal y  fresa. Me moría por poseerla, pues con ella perdía la cabeza. No quería parar, era como no querer perder esa oportunidad, por si acaso no volvía más. Olivia miro hacia abajo, y cuando se encontraron nuestras miradas, me suplicó:

― Nunca pares, te lo pido por favor, hazme perder el sentido, hazme perder la razón. Que mis frutos los tuyos son, te devolveré la fragancia con la que inundas mi corazón. Hazme el amor, subámonos en ese barco que no tiene motor, penétrame con tu faro e ilumina mi interior. ¡No pares mi amor! Has que me tiemble hasta el corazón.

  Sus palabras eran notas musicales, yo danzaba sobre su cuerpo al son de su música. Que maravilloso era subir y caer de golpe en su placer, imposible contenerme, imposible retroceder; yo me amamantaba de su leñoso jugo, mientras ella se enroscaba, del calor que brotaba por toda su piel.

  La penetré, la poseí, deseando que nada ni nadie, de su cuerpo me pudiera desadherir. Logré trepar por los riscos de su montaña, no necesité ni cuerdas ni escalas, pues yo casi volaba. Detrás de un rincón, surgía otro más precioso, que cuerpo con más belleza, que ciudad con más fortaleza.

  Bajo techo nos encontrábamos, mientras en el exterior el cielo estaba raso, pero milagrosamente nuestros cuerpos estaban chorreando,  bajo la lluvia que mágicamente se produce, cuando con todas nuestras fuerzas estamos follando. Llega el último grito, detrás vendrán miles de suspiros, por lo bien hecho, por lo mejor acabado, por habernos quedado satisfechos, por habernos saciado… porque aunque agotados, ya estamos pensando en volver a enrolarnos, en la embarcación de Eros, para que nos lleve nuevamente a la fuente de los orgasmos.


 Alejandro Maginot



jueves, 16 de abril de 2020

Tocando la Flauta











  En tres claves de Sol, me matriculé en el conservatorio de New York. Tres poemas  y un rayo de sol, me encajaron en el centro de tu corazón.

  Tres kilos pesaba mi fagot de viento, mientras yo por Manhattan bajaba a tu encuentro. Tú más ligera caminabas, pues sólo la flauta tocabas.

  La Tercera Avenida era nuestra calle preferida, pues en Bon Vivant un dulce siempre te comías. La magia del grafiti de la Cuarta, te hacia tener siempre esperanza.

  Yo, el tercer fagot de la orquesta era, tú de las flautas eras la primera. Deslumbrabas a neófitos y expertos al tocar tu instrumento.

  Amordazados estábamos por los vecinos, por hacer tanto ruido. No era por tocar la flauta en casa, era por tocar otro instrumento que te encantaba.

  Siempre estabas dispuesta para ensayar en él, te daba igual que fuesen las nueve que las tres. Era una pasión desmedida, lo que por él sentías.

  Y yo que era muy benevolente, siempre te la ponía en frente. Porque sabía que te gustaba, entendía que te deleitaba más que tocar tu instrumento de viento.

  Así que cada vez que llegábamos a casa, me proponías tocar mi flauta. Que aunque no era travesera como la tuya, si sabias como ponerla dura.

  Eran mis gritos los que alertaban a los vecinos, que cuando los oían decían, “ya se están poniendo finos Filipinos”. Pues no sabían lo bien que afinabas mi instrumento, que sin ser de viento, también tenía su agujero.

  ¡Que conciertos más alucinantes dabas, cuando me crujías la banana! Yo prudente y atento lo escuchaba, hasta que mi flauta estallaba en un “Si Bemol Mayor” que soltaba mil pentagramas llenos de notas blancas… y era en ese justo momento, cuando yo te vitoreaba mientras los vecinos se quejaban.

  Porque sólo tú sabes hacer magia… con cualquiera de tus flautas.
     


   Alejandro Maginot




sábado, 4 de abril de 2020

Typical Spanish













   Estábamos en plena feria de Abril, en concreto era sábado, uno de los días más bulliciosos en las casetas de la feria. Como cada mañana, antes de ir para el recinto ferial, me paré a tomar un café en el Hotel Plaza, no sólo porque ponen el mejor café de Sevilla, sino también porque trabaja en la barra mi colega Curro. Este amigo era de lo más cachondo, así que mientras tomaba el cafecito, me lo pasaba como los indios con mi amiguete.

  En una de esas pausas, que como es natural teníamos que hacer cuando un cliente requería su servicio, una chica de piel blanca como el nácar y rubia como el trigo, llegó a la esquina de la barra. Mientras esperaba que curro la atendiera, me miró de soslayo y sonreí, ella asintió con la cabeza. Deduje por su vestimenta y la textura de su piel, que ella era lo que aquí llamamos una “guiri”, y sin miedo a equivocarme diría que inglesa.

  Estando en estas cábalas, Curro fue a atenderla, de repente me miraron los dos y él me señaló con un dedo,- ¡joder ya ha tramado algo el muy cabrón! -, pensé. La chica se dirigió hacia mi súper contenta, yo esperaba lo peor, porque no sabía lo que Curro había ideado para ponerme en jaque, este colega era un peligro, me metía en cada embolado que para salir de él tenía que estrujarme las neuronas. Cuando la chica estuvo a mi altura me dijo:

― ¡Hello! ¿Are you the driver of the horse car?

  Aunque mis amigos me llaman el políglota, porque se me da bien ligar con las extranjeras, en realidad sólo había dado francés en la EGB y algo de inglés en el Instituto, o sea que al final era una mezcla que no me llevaba a ninguna parte, para mí era más efectivo el idioma universal de los signos, pero bueno a veces tenía que tirar de mi popurrí lingüístico. Así que le contesté:

― I don´t speak english very well, just a gross mix of English and French.

 Y por meterle una zalamería, para terminar esa frase le dije “Compras pan”.

― No, yo comer pan esta mañana para desayuno. Jaja

  Joder no esperaba el sentido del humor que tenía esta chica, se pegó una carcajada con lo de compras pan, que me dejó enamorado de su simpatía.

― No precupar, I also speak a Little Spanish. Me respondió con un arte que pa qué.

  En aquel momento casi me sentí aliviado, me dije, con su poco español y mi menos inglés, estamos salvados.

― No soy cochero, mi amigo gastado broma. Le dije risueño.

― Ok, somos amigas varias, para feria, esperando car. Yo subir y decir amigas no llegar car, tu esperar.

  Me quedé sorprendido a su contestación, no esperaba que me dijese de esperarla, así que dije:

― Yes, I wait for you.

  No tenía ni idea de si mi inglés era mediocre o no, pero para mí la cosa funcionan mucho mejor con el lenguaje de signos, aunque como la criatura no era muda, tuve que esforzarme en mi Suajili Sevillano.  Así que mientras esta inglesa de esbelta figura subía a la habitación, yo me dispuse a acabar el café y cagarme en to los parientes de Curro.

  No tardó en bajar la exuberante rubia, vino flechada hacía mí y me preguntó:

― ¿What´s your name?

― My name´s Bartolo, pero no el que toca la flauta.

― Bartoli, que name tan bonito, parecer torero.

  Respondió ella como si hubiera descubierto algo maravilloso, a lo que yo le dije:

― Yo, toros desde barrera. ¡Muu! Hacer mucho daño. Bueno tu ¿cómo llamar?

― My name´s Elisa, ahora conocidos, tu llevar a feria.

― Eso está hecho, ¡vamos volando!

  Salimos del hotel y la llevé al aparcamiento, donde tenía mi súper vehículo, una vespa de los ochenta, con cinco capas de pintura encima, la última rosa, se ve que su último dueño había sido una fémina con complejo de Barbie. Menos mal que para estas ocasiones, tenía un casco de más, casco que venía con la moto y que como podéis imaginar, era rosa con lunares blancos; afortunadamente el mío era color pistacho,  el único símbolo masculino a parte de mis huevos que iba en la vespa.

  Ella se puso el casco encantada, y cuando se subió en la vespa, daba la sensación por sus chillidos de entusiasmo, que se había subido a una limusina en el día de su despedida de soltera. La moto era el medio más rápido para llegar a cualquier lado en estos días, pues el tráfico esta impracticable, además  así el viaje se me hacía más cómodo y excitante, pues la muchacha tenía sus enormes perolas clavadas en mi espalda, de forma que mi pepino corría más que mi vespino; tanto que en sólo veinte minutos estuvimos en el recinto ferial.

  Cuando aquella mujer vio la portada, que daba entrada al recinto, se quedó boqui abierta, no se esperaba una construcción tan bonita, no tuvo más remedio que exclamar:

― ¡Guau, que bonita ser la pórtica de la feria!

  A mí me hacía gracia,  como Elisa chapurreaba nuestro idioma, estaba seguro que con esta mujer me lo iba a pasar chachi piruli.
  No quiero ni deciros como disfrutaba, cuando empezó a ver mujeres vestidas de faralaes, y las parejas subidas a caballo; esta señorita… ¡estaba disfrutando como una enana!, aunque de bajita es lo que menos tenía, pues me sacaba una cuarta en altura, y eso que yo media uno ochenta ¡Joder, vaya pedazo de hembra!

  Conforme avanzábamos, vi a mi amigo Parodi en su carruaje de caballos, así que cogí a la guiri de la mano y eché a correr con ella a trompicones detrás de mí.

― Bartolito, ¿por qué tu correr tanto?

  Yo alterado en la carreara, le respondí:

― Calla coño y corre, que se nos escapa mi amigo Parodi.

  En un sprint de kilómetro y medio, conseguimos alcanzar el coche de caballos, al cual nos subimos sobre la marcha, ya que con la bulla de la gente, Parodi no nos oía,  cuando se dio cuenta ya estábamos sentados detrás de él, que por cierto, se pegó un susto cuando nos vio de tres pares de huevos. Aún con el sobresalto en el cuerpo me dijo:

― ¡Que haces cabronazo, menudo susto me has pegado!

― ¡Coño Parodi! te he gritado lo indecible, pero no me has oído con la algarabía de la gente.

  Mi amiguete, miró a la guiri que era llamativa como ella sola y me dijo:

― Tú como siempre, tan bien acompañado, otra guiri pa tu saca; y… ¡no esta buena la cabrona!









  Yo me sonrojé un pelín, pues mi colega desconocía que ella sabía algo de español, y yo no estaba seguro si había entendido algo. Menos mal que nosotros, los amigotes tenemos un lenguaje de signos, y con ellos, puse sobre aviso a Parodi, para que no siguiera metiendo la pata. Yo un poco preocupado le dije a la chica:

― ¿Has entendido a mi amigo?

Ella sonriendo me replicó:

― Si, dicho yo toi buena, ¡bonito piropo! No entendí palabro cabrona.

  ¡Me lo temía!, sabía que algo no le cuadraba, así que rápidamente le respondí:

― Cabrona, ser muy típico en Sevilla, expresión de cariño.

― ¡Que galante ser tu amigo Palote!
 
  No tuve más remedio que aguantar la risa, al igual que mi amigo que se descojonaba. Una vez nos repusimos de la situación, le dije a mi colega que nos diera una vuelta en el coche de caballos por todo el recinto ferial. Cosa que Parodi hizo con mucho gusto, haciendo el mejor recorrido que se puede hacer en un día tan bullicioso. Elisa, no acababa de creérselo, ni en sus mejores sueños hubiera pensado entrar con tan buen pie en una de las ferias más universales.

  Después de tan encantador recorrido,  paramos en la caseta donde quedábamos toda la pandilla, él tenía que recoger a sus padres, por lo que se despidió de nosotros y continúo con su quehacer. Nosotros entramos en la caseta que estaba abarrotada, allí estaba la mayoría de mi gente, nos acogieron con los brazos abiertos y empezaron a arrimarnos cervecita con tapitas de jamón y queso, lo estábamos pasando” chupendi lerendi”.

  Estuvimos bailando y sudando como pollos hasta media tarde, fue en ese punto cuando salimos de la caseta para tomar el aire, a continuación, nos sentamos en un banco, para entonces ya nos habíamos besado, abrazado y cogido de la mano, por lo que le eché el brazo por su hombro mientras ella me contaba cosas de su vida.

  Me habló de la población más cercana a Londres donde vivía, del clima tan húmedo y lluvioso que había en su país, de lo afortunados que éramos los españoles por tener el clima que teníamos; en fin, estuvo hablando de muchas cosas, el efluvio del alcohol nos daba cuerda para no parar de hablar. Estando en estas charlas, ella me pregunto cuál era el último libro que había leído, yo le dije que había leído “Tonto del capirote” de Francisco Robles, dijo no conocerlo, yo pensé para mis adentros, estos guiris no conocen la buena literatura. Ella continúo contándome, que el último libro que había leído era la trilogía de “Las cincuenta sombras de Grey”, que le había llamado mucho la atención, que le gustaba su trama, aunque ella nunca había practicado algo parecido, y que le gustaría practicarlo alguna vez en su vida.

  Después de contarme esto, me preguntó que si yo lo había leído; le respondí que no, que mis cincuenta sombras eran muy particulares, que yo, si las había practicado, pero a lo typical spanish. Elsa se quedó asombrada al decirle que yo sí había practicado esos malabares, así que en tono dudoso me preguntó:

― ¿De verdad tú practicar sexo, en forma de cincuenta sombras?

― ¡Pues claro chiquilla! Muchos años antes  que saliera ese libro al mercado, ya practicaba yo todas estas artes amatorias.

  En ese momento se quedó mirándome como si yo fuera un Dios. Se giró completamente y acercando su boca a la mía, introdujo su lengua dulcemente y empezó a recorrer todo mi paladar, eso arrancó mi motor y enrosqué mi lengua sobre la suya haciendo círculos inimaginables, el tiempo pasaba y nuestras lenguas no se soltaban, así que, al no poder separar nuestras bocas, la saliva empezó a derramarse por la comisura de nuestros labios. Era una necesidad imperiosa la de tragar su saliva, mientras nuestras manos se dispararon, buscando los lugares más erógenos de nuestros cuerpos para darnos placer.
 
  En un momento de lucidez, me di cuenta que estábamos en el mismo centro del real de la feria, por donde pasaba todo el mundo; y nosotros casi hipnotizados estábamos casi desnudándonos y a punto de dar un escándalo público. Con todo el dolor de mi corazón, no tuve más remedio que parar y pararla a ella, que abrió los ojos como si estuviera en otro planeta, cuando despabiló un poco me dijo:

― ¿Por qué parar tú?  ¡Con lo cachonda que yo estar!

  Yo recomponiendo su ropa y la mía, no tuve más remedio que decirle:

― ¡Joder Elsa! Yo también estoy más caliente que el palo de un churrero; pero no te das cuenta, que estamos en todo el meollo y como sigamos así, ¡cualquiera nos para a la hora de acoplarnos!

― Pues yo estar muy caliente, ¿qué poder hacer?

  Yo pensé rápidamente, para dar una solución al tema, así que le respondí:

― No te preocupes, vamos a una casita que tiene mi abuelo en las afueras de Sevilla, ahí estaremos tranquilos.








  Rápidamente salimos del recinto, buscamos mi súper bólido y a todo carajo nos dirigimos hacia la casita de campo de mi abueli. Una vez abrí las puertas de la parcela, ella se quedó alucinada al ver los árboles frutales que embellecían la finca. Con el calentón que llevábamos, yo no eché cuentas de poner la pata de cabra de la vespa y ésta se fue a tomar por culo, pero eso era lo que menos me importaba.

  Subiendo una cuestecita que había para llegar a la casa, yo paré a la altura de un olivo milenario que tenía mi abuelo, allí ella volvió a meterme mano, aunque yo no quedé manco. Nos besábamos el cuello, apretábamos nuestras cinturas, desabrochábamos botones, era un desenfreno total; ella se arrodilló sacando mi falo de su escondite, ¡uff! ¡Que rico lo que me hacía!, marcaba todo el contorno con la subida y bajada de sus labios, que yo, presto en estas lides casi sucumbo al primer envite. En un momento dado, no tuve más remedio que coger su cabeza y pararla, pues quería desarrollar un poco más aquella embestida. Lo malo que al pararla ella me pregunto:

― ¿No gustar mamada Bartolito?

  A lo cual yo casi sin aliento le respondí:

― ¡Claro que si Elsa!, pero quiero llevarte al súmmun de las cincuenta sombras, ¿recuerdas?

  Sin darle tiempo a articular palabra, me encaramé en el olivo y empecé a trepar, no me di cuenta que llevaba los pantalones a media asta y el culo fuera, así que en el primer empuje me trabé con los pantalones y caí sobre el césped de una forma casi grotesca, ¡coño, qué vergüenza!

  Elsa se meaba la muy jodia, al verme caer del olivo de esa manera, sin poder contener la risa me dijo:

― ¿Tú querer hacer cincuenta sombras, o Tarzán y Jane?

― ¡Espera joder! Que trataba de subir al olivo y no me di cuenta de que tenía los pantalones en los tobillos. Dame dos minutos por favor.

  Me recompuse abrochándome los pantalones y volví a trepar al olivo. Ella no sabía mi insistencia por subir al árbol a qué se debía, pero yo si lo tenía claro. Gateé hasta encontrar una vara de mi agrado, saqué una pequeña navajilla que llevaba en el bolsillo y la corte bajando con ella, la vara estaba totalmente derecha, así que me dispuse a quitarle las hojas para dejarla totalmente preparada. Elsa me miraba con asombro, no daba crédito a las cosas, para ella tan raras que yo estaba haciendo.

  Mientras yo pelaba la vara, Elsa volvió a bajarme los pantalones y continuo su sutil labor, consiguió rápidamente ponerme en situación; la cogí por los cabellos y volví a levantarla, esta vez no para que parara, era porque me tocaba a mí entrar en escena. De tal modo que la despoje de su vestido, todo esto sin parar de danzar y movernos sin control. En uno de los recules, pude alcanzar una cuerda que había sobre un naranjo, como pude le até las manos y lance la cuerda por lo alto de una rama del naranjo; tiré de sus manos hasta tensarlas hacia arriba, ¡qué imagen la de aquella mujer totalmente desnuda y atada a la rama de un naranjo!

  La tenía inmóvil, totalmente a mi disposición, para hacerle cualquier cosa que pasase por mi imaginación; sin titubear la giré poniéndola mirando hacia el tronco del árbol y de espaldas a mí, me arrodillé detrás de su culo, abrí sus nalgas y como Rómulo y Remo empecé a mamar de sus labios, utilicé la técnica de la media luna, bajando con mi lengua desde su clítoris hasta su ano, esta fricción en su vulva la hacía enloquecer, sus labios no paraban de pujarse y su ano se apretaba cada vez más, las corridas le surgían encadenadas, yo sólo podía contener el néctar que derramaba de su loto, mientras sus gritos apabullaban a los gorriones que rondaban por los alrededores.








  Mi olfato estaba lleno de un olor intenso a vagina caliente, mi lengua degustaba un sabor a sabia descontrolada por el desenfreno, pero lo más alucinante de todo, es que estos sabores y olores se mezclaban con el perfume a azahar que desprendía el naranjo, esta mezcla nos estaba drogando de tal manera, que su mirada estaba perdida y la mía totalmente ida por el deseo. Una vez la tenía con la guinda en la boca, me incorporé asiendo la vara de olivo fuertemente en mi mano, sin dudarlo, empecé a azotarla, primero en sus glúteos, al sentir la vara sobre su piel, empezó a retorcerse entre una mezcla de placer y dolor.

  Cada azote, hacía que se girase sobre la propia cuerda, lo cual yo aprovechaba para azotar su vientre y sus senos; Elsa emitía unos sonidos mezclados, sacados de sensaciones nunca sentidas, su cara lo decía todo, no negaba pedía más y yo la asistía en su deseo de experimentar sensaciones nuevas. Ella no paraba de sudar, los verdugones eran ya más que visibles, entonces pensé que era el momento de detener su giro, tenía el cabello pegado por el sudor a la cara, se lo retiré con suavidad y la miré fijamente, sus ojos tenían un brillo difícil de explicar con palabras, Elsa me miró complaciente y subyugada por el placer.

  Mi mente me pedía lamerla, así que empecé a lamer las marcas rojas que había dejado en sus pechos, mientras los lamia ella inclinaba el cuello hacia atrás y miraba hacia el cielo, borbotones de placer bordeaban la comisura de sus labios, que goteaban como botones de regadío. En mi placentera tarea y después de endurecer aún más si caben sus pezones, fui bajando mientras seguía lamiendo las marcas que había dejado la vara en su vientre, mi saliva era bálsamo para aquellas heridas que sanaban al paso de mi lengua; seguí bajando hasta dar de nuevo con su coño, ahí me entretuve bastante rato, trataba de compensar el paréntesis que habíamos hecho, mi lengua profundizaba en su cavidad haciendo movimientos de dentro hacia fuera, martilleando su erecto clítoris, le daba tanto gusto que si no hubiese estado amarrada, habría caído al suelo, pues sus pierna no podían sostenerla.

  La giré y volví a la postura de inicio dejando su culo frente a mi cara, esta vez mi cometido era lamer y besar cada verdugón marcado en su trasero, lo hacía con toda la delicadeza y ternura del mundo, esa chica se había ganado su premio, que era llevarla a la gloria del placer. Una vez hube lamido y besado todas las marcas de su culo, decidí que era el momento de descorchar la botella de champán y ponerle la guinda al pastel; me incorporé lentamente, mientras paseaba mi lengua desde la comisura de su trasero, recorriendo toda su espalda hasta llegar a su cuello, lo besé con énfasis subiendo en círculos hasta alcanzar su oído, donde metí mi legua  cual oso hormiguero buscando su sabrosa comida; desde allí volví a bajar hasta sus axilas, las besaba, las lamia, mientras Elsa estaba delirando como bruja en el Aquelarre.

   Una vez estaba totalmente preparada para entrar en el fuego, empecé a morder su nuca con suavidad, mientras yo apuntaba mi falo directo en su ano, lo penetré suavemente, una mueca de dolor salió a la luz, pero en unos segundos estuvo perfectamente enculada, yo quede quieto, fue Elsa la que empezó despacio a mover su culo, cada vez con más fuerza lo apretaba contra mi vientre, creábamos una danza de lo más intrigante con nuestros movimientos, los dos gemíamos al unísono, aquello era éxtasis derramado por cada poro de nuestros cuerpos.

  Después de un buen rato dándole por detrás, decidí que había que pasar de la mueca del dolor a la mueca del paroxismo total; así que saque mi verga de su ano y la introduje en su jugoso coño, esta vez el respingo fue angelical, como si quisiera alcanzar el cielo aquí en la tierra, yo tenía el grueso de mi polla en su máximo diámetro, estábamos acoplados como embolo que entra en su encaje a la perfección, ahora sólo quedaba buscar el movimiento justo, fui montándola en un equilibrio casi perfecto, pues dudo que en natación se sincronizaran como nosotros.

  Estuve cabalgándola dilatando el tiempo al máximo, cuando por fin yo estaba a punto de caramelo, ella como adivina lo notó y me gritó:

― ¡Para, para, por favor!

  Yo paré inmediatamente, no sé qué pasaba, así que le pregunte:

― ¿Qué pasa Elsa?

― Nada, no pasar nada, tu sólo desátame.

  La desaté enseguida,  ella se volvió me besó la boca y deslizándose hacia abajo fue dejándome su saliva por todo mi pecho hasta llegar a mi falo, el cual cogió con una mano, mientras la otra acariciaba mis testículos como buena jugadora de dados, luego la abordo con sus labios, la lamia la besaba, la chupaba, y cuando vio que mis misiles estaban listos, la sacó de su boca y empezó a pajearme enfocando mi pene hacia su cara, abrió su boca dejando salir su lengua como receptáculo para lo que se le venía encima, fue cuestión de segundos, mi excitación no podía prolongarla más, así que apreté mis nalgas mientras soltaba un cañonazo de leche, que no hubo parte de la cara de Elsa en la que no hubiera esperma ; esta vez fui yo al no estar atado, el que caí de rodillas ante ella, mis fuerzas en ese momento no daban más de sí. Nos abrazamos, nos dimos unos besos y como buenamente pudimos, nos recompusimos y entramos en la casa. Como podéis imaginar allí siguió la fiesta, hasta bien entrada la noche, cuando ya casi exhaustos, nos duchamos y salimos pitando para Sevilla, ya en busca del hotel de Elsa.

  Aún recuerdo la gracia que me hizo Elsa, cuando bajando por la carretera hacia la ciudad me dijo:

― ¡Bartolito, tener cuidado con baches, yo no tener culo como para saltar!

  Me meaba con esta chica, era además de sensual, erótica y súper divertida. Cuando por fin llegamos a la puerta del hotel, nos fundimos en un largo abrazo para despedirnos, antes de soltarnos nos besamos varias veces. Yo me dirigía hacia mi vespa, cuando ella de repente me gritó desde la puerta:

― ¡Bartolito, yo volver año que viene y tu follar, pero no follar como cincuenta sombras Typical Spanish, que dejar culo para el arrastre!

  No pude contener la risa y después de una sonora carcajada le contesté:

― Vale Elsa, te lo prometo, te follare pero sin cincuenta sombras rústicas.

  Ella sonrió  y exclamó:

― Ser broma Bartolin, tú follar como quieras, tú vuelves loca mí ¡Te adoro!

  Alzó su mano, agitándola y diciéndome adiós entró en el hotel, yo me fui pensando, ¡que tía joder, es para enmarcarla, vale un potosí!



Alejandro Maginot